Una pareja joven, ambos menores de 30 años, no necesita consultar hasta los 18 e incluso 24 meses, ya que un alto porcentaje (90%) logra embarazarse naturalmente en esos dos años. Si se trata de una pareja mayor de 30 años debiera consultar a los 12 meses, especialmente si lo que se desea es una familia y no sólo un hijo.

También debe consultarse al año de intentos si existen antecedentes como menstruaciones irregulares o muy dolorosas, cirugías pélvicas, ovario poliquístico, infecciones peritoniales o endometriosis, en el caso de las mujeres; y criptorquidia, desarrollo puberal anormal, alguna enfermedad genética o exposición a quimioterapia, radioterapia o pesticidas, para los hombres.

Cuando se ha tenido dos o más pérdidas consecutivas dentro del primer trimestre de gestación, se recomienda acudir a un especialista en reproducción. Si se trata de una pérdida en el segundo trimestre, debe consultarse inmediatamente.

¿Cómo se Realiza el Diagnóstico?

El diagnóstico y los tratamientos de infertilidad involucran un periodo importante que varía según el caso, pero ante todo requieren de compromiso y predisposición de parte de la pareja, porque ciertos procedimientos son complejos y conllevan un fuerte impacto psicológico.

Aunque los avances han mejorado las técnicas, finalmente no se puede dar una garantía de que se logrará el embarazo. El especialista en fertilidad realiza una historia y un examen clínico de la pareja para determinar si existen datos o hallazgos relacionados con la infertilidad. Los pasos a seguir para el diagnóstico y tratamiento dependerán de esta información.

En una pareja sin antecedentes, se inicia un esquema de pruebas diagnósticas y tratamientos que pueden durar alrededor de un año.

 


 



Se comienza con un espermiograma y separación espermática, que consiste en un examen que analiza los espermios para conocer el número de células normales, morfológicamente sanas y móviles. Así se establece una pirámide donde más de cinco millones de espermatozoides representan un recuento normal y, probablemente, fertilidad. Niveles menores se califican desde casos leves (2-5 millones) hasta severos (menos de un millón).

Frente a un cuadro de infertilidad y recuentos bajos, se pueden realizar otros exámenes de función espermática, como el test de unión a la zona pelúcida, que mide la capacidad de penetración del óvulo. Luego de las evaluaciones se planeará el tratamiento, que puede ir desde inseminaciones intrauterinas a ICSI (inyección intracitoplasmática de espermatozoides).



Se comienza con un perfil hormonal (medición de hormona folículo estimulante y estradiol, hormona tiroidea, prolactina y otras). Dependiendo de los resultados se practica una ecografía para verificar la ovulación, el desarrollo endometrial y el nivel de progesterona. Si se detecta alguna anormalidad, se realiza un seguimiento folicular con estimulación ovárica, es decir, se administran hormonas para que la paciente ovule y, mediante una monitorización, se establece el periodo de fertilidad para dirigir la actividad sexual. Con este procedimiento, el 80% tiene resultados.
 
De acuerdo al caso se decide el momento para practicar una histerosalpingografía, radiografía con contraste que sirve para examinar el estado de permeabilidad de las trompas de Falopio (el problema más habitual es que estén tapadas). Cuando no se detectan anomalías, se continúa con la estimulación hormonal u otros tratamientos.

Si esta prueba es insuficiente para un diagnóstico exacto, debe programarse un estudio laparoscópico e histeroscópico, procedimientos invasivos que permiten observar los órganos reproductores femeninos a través de un endoscopio introducido por el abdomen y/o cavidad uterina. Mediante estas técnicas es posible corregir pólipos endometriales, miomas uterinos, tabiques uterinos, sinequias, endometriosis, adherencias, defectos de las trompas de Falopio, tumores ováricos, entre otros.

Terminada la fase diagnóstica, se planifica una terapia de fecundación asistida, inseminación intrauterina o fecundación in vitro, según el cuadro.
   
En el caso de que existan antecedentes, por ejemplo, de una inflamación pelviana o cirugía de apendicitis, el estudio diagnóstico parte por las pruebas endoscópicas.


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